.
.
Me es conveniente, mientras lengüeteo la sal de las conmisuras de mis labios, escribir lo que tu partida ha hecho crecer en mí. Antes de proseguir, deja que tire las colillas que apestan a noches de insomnio ¾Listo ¿Qué ha crecido en mí? La incauta intuición por cuanto he anhelado, entre risas y llantos. Pero no las que pudieran nacer del momento en que te cuento lo que me cuento, no, sino aquellas que, aunque idas, aún construyen nuestra historia ¾Me arde la imagen de tu ausencia. A lo largo de siete años, es esta ocasión, precisamente, la más cercana a la temible lejanía que en algún lugar de mi cerebro contemplo como fractal, como realidad alterna, como afluente de nuestro amor y ¡qué importa! Si al final igual duele el corazón que se derriten mis lagrimales. Si te vas a enterar de mis fantasmas, no es lo más importante en comparación con la enorme necesidad de expresarlo, necesidad que en algún momento simboliza y anquilosa el vínculo de nuestra pasión.
Me es conveniente, mientras lengüeteo la sal de las conmisuras de mis labios, escribir lo que tu partida ha hecho crecer en mí. Antes de proseguir, deja que tire las colillas que apestan a noches de insomnio ¾Listo ¿Qué ha crecido en mí? La incauta intuición por cuanto he anhelado, entre risas y llantos. Pero no las que pudieran nacer del momento en que te cuento lo que me cuento, no, sino aquellas que, aunque idas, aún construyen nuestra historia ¾Me arde la imagen de tu ausencia. A lo largo de siete años, es esta ocasión, precisamente, la más cercana a la temible lejanía que en algún lugar de mi cerebro contemplo como fractal, como realidad alterna, como afluente de nuestro amor y ¡qué importa! Si al final igual duele el corazón que se derriten mis lagrimales. Si te vas a enterar de mis fantasmas, no es lo más importante en comparación con la enorme necesidad de expresarlo, necesidad que en algún momento simboliza y anquilosa el vínculo de nuestra pasión.
.
Te quiero contar que ayer llovió, no porque la lluvia sea en si sorprendente, mucho menos en septiembre, lo que pasa amor es que se mojaron mis neuronas ¾ si me permites la licencia. La humedad me provoca pensamientos, ni buenos ni malos, pensamientos emergentes de realidades jamás pensadas o al menos dichas por mí. Igual llegan que se van, lo que no se va es la indolente insistencia de volver a empezar. Te cuento de la lluvia porque a fuerza de estar lejos, tú de mí y yo de ti, he notado que cosas tan triviales como el cambio de horario entre Londres y la Ciudad de México me provocan reflexiones gimnásticas. Me burlo de mí mismo al pensar que al momento de acostarme tu estás lista para despertar, entonces me pierdo en la reflexión de las múltiples posibilidades ¿cómo entender que mientras yo duermo, tu empiezas un nuevo día?
Te quiero contar que ayer llovió, no porque la lluvia sea en si sorprendente, mucho menos en septiembre, lo que pasa amor es que se mojaron mis neuronas ¾ si me permites la licencia. La humedad me provoca pensamientos, ni buenos ni malos, pensamientos emergentes de realidades jamás pensadas o al menos dichas por mí. Igual llegan que se van, lo que no se va es la indolente insistencia de volver a empezar. Te cuento de la lluvia porque a fuerza de estar lejos, tú de mí y yo de ti, he notado que cosas tan triviales como el cambio de horario entre Londres y la Ciudad de México me provocan reflexiones gimnásticas. Me burlo de mí mismo al pensar que al momento de acostarme tu estás lista para despertar, entonces me pierdo en la reflexión de las múltiples posibilidades ¿cómo entender que mientras yo duermo, tu empiezas un nuevo día?
.
Ayer salí a buscarte con mis cinco sentidos, busqué tu olor, toqué tantas pieles, tomé café donde siempre, buscando inútilmente el pretexto para comprar los capuchinos que te vuelven loca mientras escuchaba la voz del viento desde la silla que siempre ocupas. Sobre todo, mire al cielo, preguntándome si en ese preciso momento tú también, por casualidad, lo harías.
Ayer salí a buscarte con mis cinco sentidos, busqué tu olor, toqué tantas pieles, tomé café donde siempre, buscando inútilmente el pretexto para comprar los capuchinos que te vuelven loca mientras escuchaba la voz del viento desde la silla que siempre ocupas. Sobre todo, mire al cielo, preguntándome si en ese preciso momento tú también, por casualidad, lo harías.
.
¡ Porqué carajos no traje algo con que cubrirme de esta estúpida lluvia! Fue lo primero que pensé mientras contemplaba la melancólica apariencia del paisaje, que ante muchos, porque tú eres mi mundo, podría parecer una postal demasiado ordinaria y triste. Tan sólo deberíamos pensar que se trata del otro lado de la alegría, algo demasiado profundo para comprenderlo ¾susurré a manera de reproche mientras contemplaba el callado juego de las gotas de agua que quedaban atrapadas en el cristal, deformando todo lo que se encontraba del otro lado. Aquel lado, húmedo y frío, desolador a simple vista, pero que guarda en sus entrañas a la vida misma. A pesar del frío, de la aparente soledad, de la lluvia, la simple idea de vida alberga en mí la sensación de una cálida humedad. ¾Cálida humedad, cálida humedad, cálida humedad... No sé por qué me detengo tan impetuosamente en la última frase de mis pendejas ideas ¾que a lo mejor ni tanto, pues la simple mención de dos palabras, embriaga todo mi pensamiento, acentúa por instantes todo lo que siento, recorre mi piel con una exquisita sensación de placer desenfrenado. No sólo son dos palabras, es algo más profundo, algo que cala hasta el último rincón de mis recuerdos, de mis emociones, algo que está ahí mismo pero que no sé reconocer. Esa plenitud que calma la inquietud de libertad, las sensaciones a flor de piel. Cada gota que resbala por el cristal es una partícula de vida ¾¿porqué no? A caso no eras tú para mí la humedad que tanto necesitaba. Tus brazos, el refugio perfecto para alguien que no conoce de sedentarismos y anhela estúpidamente la jaula de su libertad. Ahora en mis manos está la vida, cada gota que resbala desaparece entre mis dedos. ¡Te maté! Y el cielo lloró por mí. Después de todo, me sentí culpable, hasta me negué la posibilidad de sentir dolor, sólo pude lidiar con la culpa inventando cuentos para resucitarte, ¡cielos! Estás tan lejana y yo con tantas dudas...
¡ Porqué carajos no traje algo con que cubrirme de esta estúpida lluvia! Fue lo primero que pensé mientras contemplaba la melancólica apariencia del paisaje, que ante muchos, porque tú eres mi mundo, podría parecer una postal demasiado ordinaria y triste. Tan sólo deberíamos pensar que se trata del otro lado de la alegría, algo demasiado profundo para comprenderlo ¾susurré a manera de reproche mientras contemplaba el callado juego de las gotas de agua que quedaban atrapadas en el cristal, deformando todo lo que se encontraba del otro lado. Aquel lado, húmedo y frío, desolador a simple vista, pero que guarda en sus entrañas a la vida misma. A pesar del frío, de la aparente soledad, de la lluvia, la simple idea de vida alberga en mí la sensación de una cálida humedad. ¾Cálida humedad, cálida humedad, cálida humedad... No sé por qué me detengo tan impetuosamente en la última frase de mis pendejas ideas ¾que a lo mejor ni tanto, pues la simple mención de dos palabras, embriaga todo mi pensamiento, acentúa por instantes todo lo que siento, recorre mi piel con una exquisita sensación de placer desenfrenado. No sólo son dos palabras, es algo más profundo, algo que cala hasta el último rincón de mis recuerdos, de mis emociones, algo que está ahí mismo pero que no sé reconocer. Esa plenitud que calma la inquietud de libertad, las sensaciones a flor de piel. Cada gota que resbala por el cristal es una partícula de vida ¾¿porqué no? A caso no eras tú para mí la humedad que tanto necesitaba. Tus brazos, el refugio perfecto para alguien que no conoce de sedentarismos y anhela estúpidamente la jaula de su libertad. Ahora en mis manos está la vida, cada gota que resbala desaparece entre mis dedos. ¡Te maté! Y el cielo lloró por mí. Después de todo, me sentí culpable, hasta me negué la posibilidad de sentir dolor, sólo pude lidiar con la culpa inventando cuentos para resucitarte, ¡cielos! Estás tan lejana y yo con tantas dudas...
.
A veces te resucito imaginándote incesantemente etérea, intocable, siempre rodeada de miradas desgarradoramente lúdicas. Con cada recuerdo se desvanece poco a poco la imagen de tu cuerpo desnudo tenuemente iluminado, entre cadenas y cueros negros flagelantes, entre tantas manos que intentan acercarse hacia donde tus ganas emergen frenéticamente. Al contemplar lo que sería tu rostro, me asusta la sonrisa de tus labios cuando dicho frenesí agrandado, carnal, que se humedece entre espasmos y contorsiones más bien provocativas que inherentes a cualquier ritual mecánicamente ensayado, incita en aquellos cuerpos desnudos la angustia más desorbitante. Yo sólo observo sin poder hacer nada, aunque me duela, aunque mis ganas lastimen tus pechos por no tocarlos, por alejarlos de mis besos. Pulsiones libidinales que flexibilizan realidades y las confunden con matices de locura pasional. Aquellas manos, por más que intentan, nunca logran alcanzar al objeto del deseo y la ira arranca sus miradas. Entonces yo, aunque absurdo desfallezco, me empeño en transgredir aquel recuerdo, tuyo y mío, como si por fuerzas pudiera materializar lo que se desvanece bajo cada recuerdo, tu cara, tus labios y al fin, sentir mis ganas fundiéndose en las tuyas. Sin embargo, hasta en tu ausencia me doblego cediendo mis fuerzas ante la certeza incauta de que fue tu nostalgia, si bien lejana, la que siempre golpeó incesante mi enarbolada fortaleza, la que nunca dejó ¡en verdad te lo digo! que llegara más allá de tus negros ojos, a pesar de que mi corazón escuchaba inquieto los ruegos del tuyo mientras nuestros cuerpos se descubrían impávidos ante lujuriosas miradas, cuando al compás de su propia música lamíamos desesperadamente cada espacio de nuestras pieles sin dejar resquicio virgen. Todo es tocado por aquellos húmedos deseos y entonces nuestras manos, una contra otra, como si estuvieran colocadas frente a un espejo, danzan incautas, encontradas, transmitiendo por los poros mucho más que impulsos eléctricos. Es tal complicidad, tan prohibida como nuestros deseos, la que marca impulsivamente el ritmo de nuestros roces, de las caricias mutuas, y la que de alguna manera, aprisiona frenéticamente la impasividad de nuestros cuerpos.
A veces te resucito imaginándote incesantemente etérea, intocable, siempre rodeada de miradas desgarradoramente lúdicas. Con cada recuerdo se desvanece poco a poco la imagen de tu cuerpo desnudo tenuemente iluminado, entre cadenas y cueros negros flagelantes, entre tantas manos que intentan acercarse hacia donde tus ganas emergen frenéticamente. Al contemplar lo que sería tu rostro, me asusta la sonrisa de tus labios cuando dicho frenesí agrandado, carnal, que se humedece entre espasmos y contorsiones más bien provocativas que inherentes a cualquier ritual mecánicamente ensayado, incita en aquellos cuerpos desnudos la angustia más desorbitante. Yo sólo observo sin poder hacer nada, aunque me duela, aunque mis ganas lastimen tus pechos por no tocarlos, por alejarlos de mis besos. Pulsiones libidinales que flexibilizan realidades y las confunden con matices de locura pasional. Aquellas manos, por más que intentan, nunca logran alcanzar al objeto del deseo y la ira arranca sus miradas. Entonces yo, aunque absurdo desfallezco, me empeño en transgredir aquel recuerdo, tuyo y mío, como si por fuerzas pudiera materializar lo que se desvanece bajo cada recuerdo, tu cara, tus labios y al fin, sentir mis ganas fundiéndose en las tuyas. Sin embargo, hasta en tu ausencia me doblego cediendo mis fuerzas ante la certeza incauta de que fue tu nostalgia, si bien lejana, la que siempre golpeó incesante mi enarbolada fortaleza, la que nunca dejó ¡en verdad te lo digo! que llegara más allá de tus negros ojos, a pesar de que mi corazón escuchaba inquieto los ruegos del tuyo mientras nuestros cuerpos se descubrían impávidos ante lujuriosas miradas, cuando al compás de su propia música lamíamos desesperadamente cada espacio de nuestras pieles sin dejar resquicio virgen. Todo es tocado por aquellos húmedos deseos y entonces nuestras manos, una contra otra, como si estuvieran colocadas frente a un espejo, danzan incautas, encontradas, transmitiendo por los poros mucho más que impulsos eléctricos. Es tal complicidad, tan prohibida como nuestros deseos, la que marca impulsivamente el ritmo de nuestros roces, de las caricias mutuas, y la que de alguna manera, aprisiona frenéticamente la impasividad de nuestros cuerpos.
.
De nuevo la incauta certeza lo derrumba todo, porque siempre lo supiste: “ lo mío es la nostalgia y no importa cuánto me pueda quemar, entre más intensa, más disfruto mi tristeza” ¾explicaste. “ Tal vez sea egoísmo, pero nunca que no te quiera amar como a mí misma, pero, ¿cómo dejar de ser? ¿Cómo apartar de mí lo mío?, cómo crees amor, si la nostalgia me invadió justo cuando vi la luz del mundo” ¿recuerdas? Al fin dicho, el último día del resto de nuestro amor. Siempre buscamos desenlaces caóticos en los últimos días, y mira que nuestra historia esta repleta de últimos días. Ahí nos desgarramos con palabrerías ofensivas, defensivas, en llanto y en gritos, porque, por contraste, la reconciliación nos sabe más dulce, más fuerte. Y entonces en nuestros cuerpos se desata una lucha de sucesiones lúdicas donde al menor descuido se abren orificios y penetran húmedas caricias. Sólo pierde aquel que se descuida o que quiere perder, y al fin, quién de nosotros dos sucumbiría ante la ilusión de tener por breves instantes el poder del otro bien dentro, en una intrusión que lejos de parecer derrota es la apremiante vanalización de nuestras mieles. El pozo de mi dolor.
De nuevo la incauta certeza lo derrumba todo, porque siempre lo supiste: “ lo mío es la nostalgia y no importa cuánto me pueda quemar, entre más intensa, más disfruto mi tristeza” ¾explicaste. “ Tal vez sea egoísmo, pero nunca que no te quiera amar como a mí misma, pero, ¿cómo dejar de ser? ¿Cómo apartar de mí lo mío?, cómo crees amor, si la nostalgia me invadió justo cuando vi la luz del mundo” ¿recuerdas? Al fin dicho, el último día del resto de nuestro amor. Siempre buscamos desenlaces caóticos en los últimos días, y mira que nuestra historia esta repleta de últimos días. Ahí nos desgarramos con palabrerías ofensivas, defensivas, en llanto y en gritos, porque, por contraste, la reconciliación nos sabe más dulce, más fuerte. Y entonces en nuestros cuerpos se desata una lucha de sucesiones lúdicas donde al menor descuido se abren orificios y penetran húmedas caricias. Sólo pierde aquel que se descuida o que quiere perder, y al fin, quién de nosotros dos sucumbiría ante la ilusión de tener por breves instantes el poder del otro bien dentro, en una intrusión que lejos de parecer derrota es la apremiante vanalización de nuestras mieles. El pozo de mi dolor.
.
Una vez más resucitada, vuelta a la vida por la ansiedad de mis culpas, vuelve la calma que te otorga vida. Ya sereno, repaso cada línea de nuestra vida para darme cuenta de que nunca pude amarte, no como hubiese podido, al igual que nunca tú pudiste hacerlo: “no te amo como creía, no como tú quisieras ser amado, sin embargo, no puedo perderte, te necesito más allá de cualquier pretexto lógico”. Entonces, ya no eres tú quien yo necesito, desde lejos y envueltas con brisa marina lanza tus mentiras, miente y di que nunca dejarás de amarme, miente y márchate lejos, para jamás volver.
Una vez más resucitada, vuelta a la vida por la ansiedad de mis culpas, vuelve la calma que te otorga vida. Ya sereno, repaso cada línea de nuestra vida para darme cuenta de que nunca pude amarte, no como hubiese podido, al igual que nunca tú pudiste hacerlo: “no te amo como creía, no como tú quisieras ser amado, sin embargo, no puedo perderte, te necesito más allá de cualquier pretexto lógico”. Entonces, ya no eres tú quien yo necesito, desde lejos y envueltas con brisa marina lanza tus mentiras, miente y di que nunca dejarás de amarme, miente y márchate lejos, para jamás volver.
.
De haber cruzado el océano Atlántico mis palabras o en la mera imaginación de tu presencia cuando imaginé el repaso de nuestra vida, ahora nuestras vidas, habría podido anticipar nuestra reacción ante lo acontecido. Para empezar, la arruga de tu frente me hubiera prevenido de tu enojo por lo que dije, tanto enojo, que yo hubiera pasado el resto del día tratando de complacerte, para que al final, ninguno de los dos recordara cual había sido el motivo de nuestro disgusto. Después, te hubiera tomado del brazo para guiarte con mis pasos hacia la calle donde se encuentra la tienda a la que nunca has entrado, pero de la cual disfrutas contemplar sus vitrinas. Entonces, como de locos, hubiera comprado los capuchinos que tanto te gustan y te hubiera invitado a sentarte en la banqueta para contemplar juntos las vitrinas de esa tienda.
Ayer, a pesar de la lluvia, me detuve frente a las vitrinas de la tienda que tanto te gusta, donde nunca has comprado nada, pero ante las cuales podrías pasar toda una tarde. Nunca me atreví a preguntar porque te gustan tanto esas vitrinas, y ahora, creo que jamás te lo preguntaré porque al poco rato de ver mi reflejo en sus cristales, empezó una proyección que mejor no te cuento, que quizás tu has visto también...
De haber cruzado el océano Atlántico mis palabras o en la mera imaginación de tu presencia cuando imaginé el repaso de nuestra vida, ahora nuestras vidas, habría podido anticipar nuestra reacción ante lo acontecido. Para empezar, la arruga de tu frente me hubiera prevenido de tu enojo por lo que dije, tanto enojo, que yo hubiera pasado el resto del día tratando de complacerte, para que al final, ninguno de los dos recordara cual había sido el motivo de nuestro disgusto. Después, te hubiera tomado del brazo para guiarte con mis pasos hacia la calle donde se encuentra la tienda a la que nunca has entrado, pero de la cual disfrutas contemplar sus vitrinas. Entonces, como de locos, hubiera comprado los capuchinos que tanto te gustan y te hubiera invitado a sentarte en la banqueta para contemplar juntos las vitrinas de esa tienda.
Ayer, a pesar de la lluvia, me detuve frente a las vitrinas de la tienda que tanto te gusta, donde nunca has comprado nada, pero ante las cuales podrías pasar toda una tarde. Nunca me atreví a preguntar porque te gustan tanto esas vitrinas, y ahora, creo que jamás te lo preguntaré porque al poco rato de ver mi reflejo en sus cristales, empezó una proyección que mejor no te cuento, que quizás tu has visto también...
.
Una cuadra atrás estuve a punto de preguntar el motivo de tu silencio, sin embargo, creo que después de tantos años se vuelve inútil preguntar. Tan sólo me dejé arrastrar y busqué dentro de mí la única respuesta posible, no hay nada que explicar cuando lo que te mueve se siente a flor de piel. Imagino que tus pasos, siempre tan firmes y seguros, saben hacia dónde dirigirse, sobre todo, ahora que hemos vuelto a cruzar nuestras miradas. No, lo que se siente dentro más vale callarlo. Tu pelo se mueve con el viento y tu rostro parece molesto al tener que librar sus caricias, ¿demasiado fuerte?, qué importa, algo dentro de mí dice que te gusta. Nunca has sabido mentir, ¿lo ves?, creo que a pesar de todo sí que te he llegado a conocer, aunque tus gestos pretendan lo contrario. ¿Quieres más?, por supuesto, sé que te molesta que dirijan tu vida, lo sé por tu silencio, por la manera en que volteas a verme, arqueando la ceja izquierda al momento en que frunces el ceño, tu perfil tres cuartos, tu mirada luchando por ser dominante y rematas sonriendo pícaramente como tratando de decir que aun soy muy infantil para entender lo que tienes que decir. Yo sigo tras de ti, negando lúdicamente la dirección de tus pasos. Prefiero estar detrás de ti, siempre, antes que adelantarme a tus miradas. Sé hacia dónde vas, pero pienso que es mejor engañarme y callar, para guardar un poco de aquel misterio que aun nos queda. Siempre tuve miedo de que se agotara lo inesperado, de que entre nosotros se acabara la pasión, de que al ver tu cuerpo no sintiera mas que asco y repulsión. Así que prefiero guardar silencio para protegernos de la perdición. Así es, yo que siempre juré tener los hilos del juego en mis manos, ahora, calladamente he decidido que jamás ha sido verdad. No me espanta la idea, por el contrario, me encuentro bien, pues he logrado por fin deshacerme de aquel inútil vicio de llegar al fondo de todo, soy silencio que lo envuelve todo, a la pasión no se le entiende, tan sólo, se le deja entrar.
Una cuadra atrás estuve a punto de preguntar el motivo de tu silencio, sin embargo, creo que después de tantos años se vuelve inútil preguntar. Tan sólo me dejé arrastrar y busqué dentro de mí la única respuesta posible, no hay nada que explicar cuando lo que te mueve se siente a flor de piel. Imagino que tus pasos, siempre tan firmes y seguros, saben hacia dónde dirigirse, sobre todo, ahora que hemos vuelto a cruzar nuestras miradas. No, lo que se siente dentro más vale callarlo. Tu pelo se mueve con el viento y tu rostro parece molesto al tener que librar sus caricias, ¿demasiado fuerte?, qué importa, algo dentro de mí dice que te gusta. Nunca has sabido mentir, ¿lo ves?, creo que a pesar de todo sí que te he llegado a conocer, aunque tus gestos pretendan lo contrario. ¿Quieres más?, por supuesto, sé que te molesta que dirijan tu vida, lo sé por tu silencio, por la manera en que volteas a verme, arqueando la ceja izquierda al momento en que frunces el ceño, tu perfil tres cuartos, tu mirada luchando por ser dominante y rematas sonriendo pícaramente como tratando de decir que aun soy muy infantil para entender lo que tienes que decir. Yo sigo tras de ti, negando lúdicamente la dirección de tus pasos. Prefiero estar detrás de ti, siempre, antes que adelantarme a tus miradas. Sé hacia dónde vas, pero pienso que es mejor engañarme y callar, para guardar un poco de aquel misterio que aun nos queda. Siempre tuve miedo de que se agotara lo inesperado, de que entre nosotros se acabara la pasión, de que al ver tu cuerpo no sintiera mas que asco y repulsión. Así que prefiero guardar silencio para protegernos de la perdición. Así es, yo que siempre juré tener los hilos del juego en mis manos, ahora, calladamente he decidido que jamás ha sido verdad. No me espanta la idea, por el contrario, me encuentro bien, pues he logrado por fin deshacerme de aquel inútil vicio de llegar al fondo de todo, soy silencio que lo envuelve todo, a la pasión no se le entiende, tan sólo, se le deja entrar.
.
Cuando los empleados de la tienda apagaron las luces de las vitrinas, nosotros todavía, seguíamos ahí, sentados sobre la húmeda banqueta, no sobre la banqueta mojada por la lluvia y sobre la cual yo estaba parado, sino la banqueta del reflejo mojada por las últimas lágrimas que pudimos derramar en compañía, a lo lejos, tu de mí y yo de ti. Entonces miré a mi doble fijamente a los ojos, le sonreí y le convidé a irnos. El doble se levantó y cruzando el cristal se incorporó a mi cuerpo. Tú te quedaste sentada, sobre nuestras lágrimas, en el último reflejo de nuestro amor. Cuando volví la cabeza por impulso, por nostalgia, el único reflejo que pude ver sobre los cristales fue una luz de neón roja, como la de esos hoteles de paso que tu siempre odiaste. ¿La forma? Un signo de interrogación.
Cuando los empleados de la tienda apagaron las luces de las vitrinas, nosotros todavía, seguíamos ahí, sentados sobre la húmeda banqueta, no sobre la banqueta mojada por la lluvia y sobre la cual yo estaba parado, sino la banqueta del reflejo mojada por las últimas lágrimas que pudimos derramar en compañía, a lo lejos, tu de mí y yo de ti. Entonces miré a mi doble fijamente a los ojos, le sonreí y le convidé a irnos. El doble se levantó y cruzando el cristal se incorporó a mi cuerpo. Tú te quedaste sentada, sobre nuestras lágrimas, en el último reflejo de nuestro amor. Cuando volví la cabeza por impulso, por nostalgia, el único reflejo que pude ver sobre los cristales fue una luz de neón roja, como la de esos hoteles de paso que tu siempre odiaste. ¿La forma? Un signo de interrogación.
.
Al final, recuperé la parte de mí que sin saber, estaba en tus rincones. Ahora, quedan abiertas las puertas de aquel espacio donde gestamos realidades transfiguradas, donde nunca habrá un vacío porque al menos nos queda el aire y donde nuestras pieles por más próximas, jamás serán una misma. No sé si volverás, no sé si estaré junto a ti cuando regreses. Una vez más, signos de interrogación en medio de los dos.
Al final, recuperé la parte de mí que sin saber, estaba en tus rincones. Ahora, quedan abiertas las puertas de aquel espacio donde gestamos realidades transfiguradas, donde nunca habrá un vacío porque al menos nos queda el aire y donde nuestras pieles por más próximas, jamás serán una misma. No sé si volverás, no sé si estaré junto a ti cuando regreses. Una vez más, signos de interrogación en medio de los dos.
.
.
.












